Cholula

 

Cholula

 

Cholula, ciudad sagrada

de Quetzalcóatl,

antigua ciudad de peregrinos,

donde convergían los caminos

de las tribus del altiplano.

 

En tu corazón se levantaba

la gran pirámide,

montaña sagrada construida

por las manos de tus antiguos pueblos,

y alrededor de ella

los templos elevaban sus plegarias

hacia los dioses.

 

Pero un día

llegaron hombres de allende el mar.

 

Llegaron bajo la apariencia

de la amistad y la alianza,

y encontraron las puertas abiertas

de un pueblo que ofrecía hospitalidad.

 

Pero la hospitalidad fue traicionada.

 

En aquella mañana de sangre,

Cortés y sus huestes

desataron la matanza.

 

Los habitantes de Cholula,

indefensos y sorprendidos,

fueron asesinados sin piedad.

 

Las calles se tiñeron de sangre,

los templos fueron incendiados,

la ciudad fue saqueada

y sus dioses fueron derribados.

 

Aquella fue la recompensa

a la hospitalidad cholulteca,

el precio de su confianza

ante los hombres

que habían llegado desde el otro lado del mar.

 

Sobre la gran pirámide

se levantó una cruz,

símbolo de una nueva fe,

sobre los vestigios

del antiguo mundo de Quetzalcóatl.

 

Así comenzó a cambiar

el rostro de Cholula,

poco antes de que cayera

la gran Tenochtitlan.

 

Pero el tiempo,

que todo lo transforma,

no pudo borrar la memoria.

 

Bajo la tierra

permanece la gran pirámide,

una de las mayores estructuras

construidas por el ser humano,

guardiana silenciosa

de un pasado milenario.

 

Y en lo alto,

la capilla colonial

parece contemplar desde las alturas

dos mundos que se encontraron

y nunca volvieron a ser los mismos.

 

Hoy somos una nueva nación,

nacida de la mezcla

de dos civilizaciones,

de dos culturas

y de dos maneras de mirar el mundo.

 

Pero una nación no debe olvidar

las heridas de su historia.

 

Por eso, algún día,

quizá podamos devolverle a Cholula

la dignidad de su pasado,

no para borrar la historia,

sino para comprenderla.

 

Quizá sea necesario

retirar aquello que oculta

la grandeza de su pasado

y permitir que emerja,

en toda su magnificencia,

el gran templo de Cholula.

 

No para destruir la memoria colonial,

sino para colocar cada recuerdo

en el lugar que le corresponde.

 

Porque ningún pueblo

debe avergonzarse de sus raíces.

 

Que la gran pirámide

vuelva a hablarnos de sus antiguos pueblos,

de sus dioses,

de sus peregrinos

y de aquella civilización

que alguna vez levantó

sus templos hacia el cielo.

 

Que Cholula recuerde,

pero que también renazca.

 

Que su historia no sea solamente

el recuerdo de una masacre,

sino el testimonio

de un pueblo que sobrevivió,

conservó sus raíces

y continúa de pie.

 

Cholula, ciudad sagrada:

que tu pasado no permanezca sepultado;

que tus piedras vuelvan a hablar

y que tu memoria

siga iluminando el camino

hacia el futuro.

 

Elías E. Villalobos Saile

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